
Fue en los años setenta cuando el restaurante El Figón cambió de propietario por última vez y pasó a las manos de un joven emprendedor, Eugenio Toledano. En el año 1976 tomó las riendas de un negocio que ya tenía un nombre en la ciudad. Hacía tiempo que el local era un mesón conocido de la zona, y poco a poco fue evolucionando hasta convertirse en uno de los restaurantes con más renombre de la capital alcarreña. Comenzó como una tasca en la que se servían todo tipo de raciones aderezadas en la mayoría de los casos por sangría y cerveza bien fría. Eran tiempos en los que la terraza permanecía abierta durante toda la noche en los días de feria, y la gente disfrutaba de lo lindo con las patatas bravas y la oreja bajo los rosales y la parra. A medio día, decenas de trabajadores llenaban el restaurante para engullir su menú del día antes de volver al tajo.
Las exigencias de la clientela motivaron cambios en la distribución del establecimiento: La barra era demasiado grande y los comedores muy pequeños. Algunos dicen que con esta reforma desapareció la barra más larga de toda Guadalajara. Sin embargo, la mejor solución en aquel momento fue sustituir parte de la barra por un coqueto reservado adornado con trofeos de caza y recortes de prensa del restaurante. Un comedorcito elegante y sofisticado, perfecto para compartir una comida en familia o charlar sobre asuntos de negocios.
Desde siempre, el patio ha sido una de las señas de identidad de la casa, donde hasta hace poco se podían degustar deliciosas carnes y pescados a la parrilla. Muy cerca de la brasa, siempre Eugenio, ataviado en los últimos años con una cinta de tenis, y anteriormente con divertidos delantales. Las carnes y los pescados, de primerísima calidad, siempre han estado expuestas al público, tanto en la terraza como en el interior del restaurante. Al principio, el suelo de la terraza era de arena y las mesas estaban humildemente vestidas con manteles de papel. La pasión por la Virgen del Rocío de Eugenio y María Luisa dotó de un colorido especial al patio, que incluso fue sede una hermandad rociera. A finales de los ochenta se sustituyó la arena por placas de pizarra y en el centro de la terraza se colocó una simpática fuente de piedra con un muchachito haciendo pis. En sus aguas vivieron pececillos de colores durante algún verano, y luego el agua se cambió por tierra, para albergar hierbabuena y otras plantas aromáticas. Desde el verano de 2007, por motivos demasiado largos para explicarlos en estas líneas, la terraza permanece cerrada y se sacan unas mesitas a la Plaza del General Prim en los meses más calurosos, donde también se puede pasar una agradable velada al aire libre.
Las exigencias de la clientela motivaron cambios en la distribución del establecimiento: La barra era demasiado grande y los comedores muy pequeños. Algunos dicen que con esta reforma desapareció la barra más larga de toda Guadalajara. Sin embargo, la mejor solución en aquel momento fue sustituir parte de la barra por un coqueto reservado adornado con trofeos de caza y recortes de prensa del restaurante. Un comedorcito elegante y sofisticado, perfecto para compartir una comida en familia o charlar sobre asuntos de negocios.
Desde siempre, el patio ha sido una de las señas de identidad de la casa, donde hasta hace poco se podían degustar deliciosas carnes y pescados a la parrilla. Muy cerca de la brasa, siempre Eugenio, ataviado en los últimos años con una cinta de tenis, y anteriormente con divertidos delantales. Las carnes y los pescados, de primerísima calidad, siempre han estado expuestas al público, tanto en la terraza como en el interior del restaurante. Al principio, el suelo de la terraza era de arena y las mesas estaban humildemente vestidas con manteles de papel. La pasión por la Virgen del Rocío de Eugenio y María Luisa dotó de un colorido especial al patio, que incluso fue sede una hermandad rociera. A finales de los ochenta se sustituyó la arena por placas de pizarra y en el centro de la terraza se colocó una simpática fuente de piedra con un muchachito haciendo pis. En sus aguas vivieron pececillos de colores durante algún verano, y luego el agua se cambió por tierra, para albergar hierbabuena y otras plantas aromáticas. Desde el verano de 2007, por motivos demasiado largos para explicarlos en estas líneas, la terraza permanece cerrada y se sacan unas mesitas a la Plaza del General Prim en los meses más calurosos, donde también se puede pasar una agradable velada al aire libre.
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